No emborrona tus ojos
la blanquecina luz
de un Madrid navideño,
ni las estridentes luces
de los villancicos.

No ennegrece el sol
de tu dolorida mirada
el rumor de los festejos,
la algarabía y la fiesta.

No enturbia tu ironía
el transcurrir de las horas,
los silencios, los recuerdos,
la abominable nostalgia.

Nada, absolutamente nada,
rellena en mi alma
el vacío de tu ausencia,
tu silencio fortuito
se quedó para siempre
y anhelo tus temores
como detesto los míos.

Te llamó la tierra pronto
y te obligaste a escucharla.
Huiste de este derrumbe
que puebla la enfermedad.
Ni te acompañó el universo,
ni te comprendía tu cuerpo
y ellos, los otros,
pasaban por ti
sin apenas percibirte
(tú disfrazabas ausencias
como quien ya está saciado).

Has cerrado el diafragma
en el que habito
al desmontar el filtro de tus ojos
y aquí quedo
perdida en la ceguera
oscura del abismo.

Poco me enriquece más
que el sabor de tu recuerdo,
en este mundo alineado
que degrada al diferente.

Quiero arrancar del suelo
aquello que ellos no vieron
y afianzarlo en mi cintura
para que vele mi sueño.

Contigo seguiré rodando
aunque te hayas ido tan lejos.