COMIDAS DOMINICALES
Cada domingo almuerzo con el espectro de mi padre y aunque esto en un primer momento puede parecer anormal lo cierto es que uno llega a acostumbrarse. Si lo pensamos un momento somos capaces de asumir como cotidiano cualquier hecho excepcional que nos suceda, las cosas más inverosímiles nos ocurren a cada momento y somos capaces de acomodarnos a cualquier situación por extraña que parezca.

Lo curioso es que yo a mi padre no lo conocía, siempre estuvo muerto, siempre lejanamente muerto, porque tuvo la intolerable desfachatez de abandonarme para buscarse otra vida más confortable en el otro mundo cuando yo aún no razonaba ni un poquito. La única imagen suya que tenía inscrita en mi memoria era fruto de aquellas amarillentas fotografías de carné, en las que un gesto hierático, un poco sombrío, le hacía parecer un capo hispano de la mafia. Por eso el día que por primera vez entró en mi casa, se sentó en la mesa y se puso a comer el potaje de garbanzos que yo asimilaba sin demasiado entusiasmo, me dejó estupefacta. Además nunca le he perdonado que no tuviera ni ética, ni educación, porque llegó y cogió la cacerola entre sus trémulas manos y comenzó a comer sin hacer el más mínimo comentario.

Su cara me resultó familiar pero no sabía a ciencia cierta donde la había visto antes, curiosamente, tarde bastante tiempo en identificarle. Imagino que cualquiera en mi situación hubiera gritado, corrido, pedido ayuda, pero yo no, yo me quedé paralizada, inmóvil, petrificada, contemplando su voraz apetito como si estuviese viendo una película de terror.

Con mi madre viví hasta los quince años, aunque nunca llegamos a tener una relación especialmente satisfactoria, ella vivía su vida y yo la mía. Ella se preocupaba de mi tío Juan y yo me preocupaba de ser invisible para él. Al fin y al cabo nos obsesionaba la misma persona. Según cuentan las crónicas familiares de las que, inevitablemente, se nutre mi memoria, el tío Juan llegó a casa después del entierro de mi padre y ya nunca volvió a irse; hasta ese momento ni mi madre, ni mi padre habían tenido hermanos. Estableció su feudo como quien llega a una tierra virgen e iza su bandera. Él estaba allí para dirigir la situación y aprovecharse de mi madre (que de paso lo intentase hacer con cada una de las hijas es otra historia). Mi madre lo adoraba, lo quería, lo mimaba, lo idolatraba y lo miraba idiotizada cada vez que él realizaba el sofocante esfuerzo de molestarse en respirar.

El primer domingo que vino mi padre a autoinvitarse a almorzar estábamos en marzo y yo tenía unos veinticinco años. Recuerdo que era marzo porque era uno de esos primeros días primaverales en los que el sol parece que no ha brillado nunca tanto. Por la mañana había habido una ligera neblina, sutil, parecía envolver la realidad en celofán para ofrecerla como regalo, pero a media mañana había triunfado la luz fuerte, radiante, amarilla. Yo me sentía vital, animada, viva, en paz con el entorno y con mis circunstancias. Imagino que si aquella escena paranormal se hubiese producido en uno de mis días B, es decir, en un día depresivo, me habría dicho a mí misma que esas cosas son las que me hacen ser como soy y lo habría aceptado resignada. Pero como ocurría en un día optimista pensé que aquello era simplemente incomprensible y cuando conseguí superar un poco mi estupor comencé a buscar respuestas. Según estaba intentando engrasar mis neuronas, preguntándome si había alguna lógica para semejante aparición, él se terminó el potaje (se lo terminó literalmente, yo habría tenido comida para tres días y él lo devoró en un instante sin decirme siquiera si le había gustado). En ese momento hice lo único que creí oportuno: le preparé un café con leche y se lo tomó con la misma voracidad que la comida aunque se debió escaldar su lengua inerte.

Mi tío Juan no tenía ningún atractivo, era calvo, barrigón y demasiado entrado en años, incluso para mi madre a la que consideraba entonces terriblemente vieja. El detalle que más odiaba de su impresentable estética era una pequeña mancha oscura que tenía bajo el labio inferior, en el lado izquierdo. Nunca llegué a saber si era una verruga, un lunar o una mancha eterna; el caso es que visto bajo mi perspectiva infantil me parecía que escupía por la boca su negro instinto -¡qué sabría yo por aquel entonces de instintos!- . Cuando alguien nos desagrada siempre focalizamos nuestra aversión en algún detalle pequeño, como si no pudiésemos odiar el lote entero y nos tuviésemos que detener en un fragmento. Yo aborrecía aquella mancha, la despreciaba, soñaba que la quemaba con un hierro candente. Mi hermana, que era mucho más coherente que yo, intentaba explicarme que todas las mujeres necesitan de un tío Juan que las adule y que cuando fuese mayor lo comprendería; creo que por eso yo decía en aquella época que me iba a hacer monja de clausura porque junto con el hombre de mis sueños siempre aparecía esa abominable imperfección oscura devorándome.

Aquel primer domingo desapareció de la misma forma que había venido, sin mediar palabra, simplemente se esfumó, como se acaban los sueños. Y en ese momento fue cuando me dio el ataque de histeria. Creí que me había vuelto loca; repasé un montón de veces los rastros de su estancia en mi casa, queriendo convencerme a mí misma de que lo había imaginado, pero allí estaba el puchero completamente vacío y la taza de café aún seguía humeando. Tardé unos cuantos días en reaccionar, decidí al fin que lo que es incompresible no hay porqué intentar entenderlo. No me atreví a contárselo a nadie y, como pasaron unos días sin que nada raro ocurriese, logré convencerme de que había sido una simple alucinación. El domingo siguiente según comenzaba a poner la mesa lo tenía allí dispuesto como un experto gourmet que espera que le sirva su camarero.

Hasta hace unos meses he vivido la etapa más feliz de mi existencia porque he logrado establecer un cierto equilibrio en mis actitudes, en mis sentimientos, en mis actos. Tras un sin fin de historias de amores calamitosos en los que siempre creí encontrar la ansiada tranquilidad anímica, sobrevino una época de decepción absoluta hacia todo y todos. Opté por refugiarme en mi misma y en mi hija Irene que era lo único que había conseguido positivo en treinta y tantos años de dar tumbos por el mundo, sus inocentes primeros años eran el mejor apoyo para mi optimismo. Hace un tiempo conocí a José y durante unos meses estuve plenamente convencida de que el amor es aquello que nos narran las películas. Aquellas primeras semanas fueron para mí un descubrimiento insospechado de cómo el universo entero puede ser perfecto. Me deslumbró, me enamoró, me elevó, me hizo quererme a mí misma; incluso llegué a cuestionarme en serio si mi madre pudo sentir alguna vez algo parecido por el tío Juan porque entonces aquellos años habrían tenido un sentido. Después de esos primeros meses la relación se fue estabilizando y no fue tan enrabietadamente frenética, ni tan dichosa, pero sin lugar a dudas fue feliz. Nos casamos y hasta hace unos días gocé de la afable complicidad de un marido que me quería, me respetaba, me escuchaba y amaba a mi hija Irene casi tanto como yo.

Que mi tío Juan no fuera guapo no era el peor de sus defectos, imagino que lo que peor soportaba de él eran sus continuas borracheras. Como norma cuando abandonaba su trabajo como representante de una firma de cosméticos (el monstruo vendía belleza), se iba con sus amigotes a matar las tardes entre tintorros de garrafón y cervezas enlatadas. Que destrozase su hígado no entraba dentro de mis preocupaciones más obsesivas, pero su aterrizaje en mi dulce hogar después de las horas de jarana, era algo insoportable. Cuando no estaba borracho mi tío Juan era despreciable simplemente porque existía; pero cuando a las diez llegaba vociferando y pidiendo a gritos su cena, las paredes del infierno temblaban. En esos momentos toda su abrumadora fuerza se acomodaba entre sus manazas y la utilizaba como martillo contra la cara y el cuerpo de mi madre. Si por algún extraño despiste alguno de los hijos entrabamos en su campo de acción nos reconfortaba con nuestra personal dosis de mamporrros para que no nos sintiésemos celosos. Nunca comprendí como mi madre no era capaz de deshacer semejante martirio, como nunca tuvo la fortaleza suficiente para dejarle en la calle. Nosotros hubiéramos estado dispuestos a morirnos de hambre si así hubiésemos evitado ver la horrible fortaleza de la masa en continua ebullición etílica.

Aquel segundo domingo le recibí con un grito, de nuevo mi padre sentado a la mesa, veintitantos años después de su muerte ya no podía ser fruto de una simple alucinación, aquello era demasiado redundante. Él, evidentemente, no se inmutó y se resignó a colocar “mi” servilleta sobre sus rodillas como si las tintorerías del otro mundo fuesen excesivamente caras. Yo por mi parte le increpé, le grité, le exigí que me explicase por qué quería volverme loca y él simplemente tomó entre sus manos “mis” cubiertos. Ante su pasividad poco a poco fui sintiendo que mi actitud no me conducía a buen puerto. Opté por servirle la comida y por interrogarle irónicamente sobre cómo era el cielo y si se estaba cómodo después de la muerte. Posiblemente mi actitud fue paranoica pero me gustaría saber que haría más de uno si un espectro optase por ser el invitado principal de sus almuerzos dominicales. Aquel día no saqué nada en claro, bueno si, descubrí por primera vez que a mi padre no le gusta la paella, porque hizo poco aprecio a mi comida, quizás eso sea uno de los caprichosos juegos de la genética porque la verdad es que a mí también me desagrada y sólo la engullo porque creo que hay que tener una dieta equilibrada. Lo más curioso de aquel segundo día, aparte de que comenzó mi periplo por los psicoanalistas, fue que el café decidió tomarle en el sillón mientras se fumaba un cigarrillo.

José llegó a mi vida con su desgarbado paso de ex-hippi trasnochado, con el pelo demasiado largo, la mirada huidiza y una sonrisa melancólica que me robó el corazón. No lo consideré guapo, en mi vida había habido otros hombres mucho más atractivos, pero tenía el encanto de lo frágil y lo delicado, aunque su cuerpo siempre fue robusto. Leía poesía y fumaba en pipa. Le gustaba soñar despierto y era capaz de hacerme creer cualquier fantasía que a él se le antojase. Sabía hablar pausado, tranquilo, envolviendo cada palabra en una cadencia que para mí era música celestial. Aprovechaba todas las cualidades de mi hija Irene a la que sedujo tan pronto como a mí. No se si también ella se dejó deslumbrar por su sonrisa o si su increíble talento como fabulador, como inventor de historias, le producía esa plácida sensación que todos añoramos de sentirse mecida por un mago.

Que mi madre acabase muriendo entre las zarpas de mi tío Juan era algo que todos podíamos intuir. Mis hermanos lo sabían, yo lo sabía, seguro que ella lo sabía. Pero mi madre aceptó toda su vida lo que él quisiese darle, tanto la vida como la muerte. Su sumisión era enfermiza. Era ese tipo de resignación incomprensible para el observador pero tan lógica para quien la protagoniza. Ella siempre soportó pacientemente sus ataques de violencia, su fuerza, sus desprecios, y aceptó del mismo modo que un día viniera demasiado borracho, demasiado embriagado como para medir el daño que podía llegar a hacerle, la golpeó demasiado fuerte. Hoy, transcurridos los años, creo que él se arrepentirá de su vehemencia, aunque desde aquella noche no volvimos a verle ni a saber nada de su vida. Tampoco lo logró la policía.

En estos casi diez años de comidas dominicales he intentado comprender por qué me obsesionaba tanto encontrar una respuesta lógica a las reiteradas visitas de mi fallecido padre y aun no entiendo cómo no disfruté simplemente de su compañía. La verdad es que cuando vino por tercera vez, y en los almuerzos siguientes, convertí aquello en verdaderas sesiones de la Gestapo en las que le interrogaba con voracidad aunque nunca obtenía respuesta. Intenté grabarle en video porque quería poder demostrar al mundo entero que aquello que me provocaba adelgazar diez kilos en un mes no era una malentendida anorexia pero, igual que era insensible a mi mediocre dieta, era completamente invisible para la Panasonic. Eso me desconcertaba aún más. Nunca tenía una prueba de sus visitas regulares y opté por invitar a comer un domingo, primero a un amigo y, después a mi hermana; pero en ninguno de las dos ocasiones acudió a la cita. Eso que yo creía firmemente que sí querría compartir mesa y mantel con mi hermana, al fin y al cabo ella había vivido bastante tiempo con él. Mi amigo me recomendó un psiquiatra conocido suyo y mi hermana me suplicó que no tomase tanto café… y yo domingo tras domingo seguía seleccionando menús para un fantasma.

Hasta que mi madre murió víctima de su propia entrega creo que nunca tuvo nada que realmente fuera propio. Siempre vivió para un hombre igual que otros viven para sí mismos y aquello era lo que yo peor entendía. Nunca pude comprender cómo se pierde el rumbo hasta el extremo de sólo vivir por la felicidad de otro, incluso a costa del amor de sus hijos. La vida en familia era así, ya lo sé, ya sé que el rol maternal era el de una criada pero cuando descubrí que mi madre había tenido estudios y una juventud con inquietudes no pude asimilar cómo llegó a convertirse en una piltrafa que esperaba los golpes de su marido. Mi madre provenía de clase alta, mi padre no y, evidentemente, tampoco mi tío Juan. Renunció a todo porque su sentido de la vida era ese, renunciar para ser amada; bueno, no exactamente para ser amada, más bien para entrar en los cánones de la normalidad y de la vida correcta. ¿Cómo no iba a sublevarse contra eso mi generación?, aunque creo que el resultado tampoco ha sido tan ideal como se podía prever y la mujer contemporánea sigue sometida a otra infinitud de frustraciones. La libertad lleva implícita una pesada losa de soledad y miedo, pero entonces yo no entendía de temores, ni de sexo libre, ni de realizaciones personales, sólo creía saber que las cosas estaban mal y que nunca podrían estar peor.

Hasta que llegó José mis relaciones sentimentales parecían ser autodestructivas por definición. Creo que si hago caso a las teorías psicológicas siempre he estado buscado una proyección de un padre cuando aceptaba una nueva relación, un padre idílico pero que a la vez siempre acababa siendo tiránico y posesivo. José en cambio transitaba por la vida como si todo fuese sencillo. Era capaz de relativizar cualquier problema, de ver el aspecto positivo de todo y, por primera vez en mi vida, de aceptarme tal y como era. Porque comprendo que siempre he sido muy “rarita” y endiabladamente maniática, además había optado por ser absolutamente individualista y en los últimos años sólo me centraba en mi hija y en mi misma, considerando que el sexo opuesto sólo era un detonante de lágrimas y desilusiones. Por eso José siempre decía que “apareció, me sorprendió y me sedujo en un par de minutos” y fue cierto, por primera vez alguien me escuchaba y no me pedía nada más que estuviese a su lado.

Al final acabé por acostumbrarme a los domingos de encuentros en la tercera fase y cuando mi padre comprendió que yo aceptaba plenamente la situación comenzó a hablarme. Nunca debió ser muy considerado porque rompió su silencio eterno para decirme que el cocido estaba soso y yo, sin apreciar el cambio de actitud, simplemente le traje el salero, luego reaccioné: me había hablado, hablaba, podía articular palabras, no lo había hecho hasta entonces porque no le había dado la gana. Y volví a comenzar con mi interrogatorio. Y volvió a callarse. Comprendí con el tiempo que si no le exigía respuestas él iba dándome conversación y, poco a poco, fue solventando todos mis interrogantes.

Mi infancia con mi madre y su muerte en mi adolescencia formaron mi carácter, por eso trascurridos los años no me siento mal por vivir lo que viví, ni busco culpables, ni me responsabilizo a mí misma de nada. He conseguido valorar a mi madre en su justa medida y, es más, he aprendido a quererla (esto no es una invitación para que ella también venga los domingos, de seguir así tendré que hacer horas extras para poder costearme los almuerzos). Todo aquello que ella vivió y yo no comprendí me parece más superfluo cuando descubro todo lo que he vivido sin querer que fuese de ese modo, y como a mí también me han golpeado, y como a mi también me han herido, y como también he sido capaz de asumir tantos desengaños. Mis decisiones me han llevado a vivir mi vida de otro modo pero, al final, creo que no todo ha estado en mis manos como tampoco lo estuvo en las de ella. Tuvo que amarnos mucho para asumir ciertas cosas y yo me siento feliz de haber comenzado a valorarla, a quererla, sin necesitar explicaciones. Era mi madre, yo no podía elegir su modo de ser, pero siempre estuvo conmigo y con mis hermanos, fue por tanto una buena madre, esta certeza me ha permitido librarme de muchos monstruos.

Las largas conversaciones que mantengo con mi padre en la sobremesa no pienso explicarlas aquí ni ahora, si escribo esto es porque esta mañana de domingo me he despertado demasiado pronto y tenía que hacer algo que llenase mi tiempo en silencio (no quiero despertar a Irene), pero no pretendo escribir mi biografía, soy demasiado joven para eso aunque ya peine algunas canas. Mi padre asegura que empezó a venir a verme porque necesitaba conocerme, era algo así como su asignatura pendiente para estar relajado en el más allá. Yo siempre le había recriminado en mis pensamientos más estrafalarios que se hubiera muerto sin haberme dado tiempo para conocerle como si hubiese sido culpa suya y, parece, que él se murió con la misma sensación, no era justo que no tuviéramos recuerdos comunes, por eso no le interesaba ver a mis hermanos al fin y al cabo ellos si tenían imágenes para recordarle. Ayer me confesó que ya se había acostumbrado y que la expectativa de verme semana tras semana le hacía más dichosa la eternidad, eso me hace sentirme francamente importante.

José se mató hace dos meses, se mató estúpidamente, de una de esas formas en las que debería estar prohibido morirse. Simplemente se resbaló en la bañera y se me desangró entre los brazos, protagonizando los instantes más trágicos de mi vida. Se murió y me dejo sola y no pude hacer nada por remediarlo. Se murió y me volví loca de rabia, de dolor, de ira, de añoranza, de nostalgia, de congoja. La vida es así, definitivamente injusta. Se podía haber muerto tanta gente sin que hubiese tenido importancia pero tuvo que ser él, él que había justificado mi existencia, que me había rescatado del fango para hacerme vivir plena y feliz una vida normal. Había conseguido que Irene sonriese siempre, que el mundo girase todos los días, que el sol brillase más nítido y… allí estaba bañándose en su propia sangre mientras mis brazos le mecían compulsivamente… ¡Dios, que mierda fue todo aquello!

Hoy escribo feliz y tan sólo han pasado dos meses del día en que mi corazón se detuvo en seco en el mismo instante que el suyo, escribo radiante porque la vida me sonríe, porque el mundo es perfecto y porque en las comidas de los domingos somos cuatro: mi hija Irene, mi padre, JOSE y yo. Además, mi marido, nunca se marcha hasta el lunes.