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un café y un poema

Vida

Nací del rescoldo enrabietado de una vida
que no quiso ser finita para amarme.
Nací del dolor punzante de quien sabía
de la inutilidad de la esperanza.

Me nacieron en el caos

y en el vacío, que impregnaba
los silencios de mi casa,
me alimentaron de amor.

Mi madre renegó de duelos
mientras acunaba mi llanto
y lloraba sola
en un rincón
donde no perturbaba mis sueños.

Mis hermanos insuflaron su vida en mí
sometidos a una pérdida sin sentido y cotidiana.
Llenaron de lírica las vivencias
y de música las mañanas.

Y fui feliz.

Protagonicé el milagro de la vida
tras la derrota,
la esperanza frente a la batalla perdida
que les amordazaba.

Fui el proyecto blanco de todo
y crecí amada y sostenida por un entorno
inigualable.

Desde entonces viví dos vidas,
una plácida y en reposo,
que evolucionaba en positivo,
y una silente que me desgastaba y me consumía
hasta llevarme a donde estoy.

Mis dos vidas aprendieron de la lucha incesante
de quien sabe que la vida es injusta
y me hice fuerte.

Aprendí en el silencio a aceptar lo inaceptable
y a seguir sonriendo.

Y hoy soy por ellos.

En esta segunda vida de desintegraciones,
cuando me desvela el viento del miedo,
aún me refugio en ese espíritu insaciable de lucha
que forjó mi vida.

Y, como mi madre, solo lloro en silencio.

Mi vida es feliz pese a todo,
con ellos he vencido el duelo
de sentirme mortal y efímera
quebradiza, insignificante, para ser
un presente que al instante
se convierte en un recuerdo.

Sequía

Erradicada la sombra
de lujurias atrasadas,
un Madrid blanco amanece
rezumando frío y escarcha.

Claman los niños su fiesta
de sábado libre y ocioso,
mientras la ciudad levanta
su mirada hacia los otros.

Este invierno que entumece
aspiraciones diarias
redunda en la esperanza
de que llegará el sol y la calma.

En mis oídos el verde de los campos
y siestas bajo el sol de primavera
y en mis manos los sonetos
de poetas, de quimeras.

Mi Castilla desolada en el siglo XXI
sigue entonando oraciones
en contra de la sequía,
mientras tanto, aquí en la urbe,
ignoramos campos yermos
demasiado silenciados
como para sentir sus lamentos.

La ciudad no vive el campo,
ni esta provincia otras regiones,
solo sentimos que es nuestro
lo que rodea nuestras visiones.

El yo preside este tiempo
de exceso de información
carente de sentido y lógica,
de firmeza, de pasión.

Somos como siempre fuimos
un espacio muy pequeño
que no escucha al que no siente
lo mismo entre sus adentros.

Un mundo más global ha hecho
que podamos decidir
como vivimos la vida
sin salir de este salón.

Primamos la soledad,
nos molesta el compañero,
y en nuestro deambular
nos sentimos prisioneros
de una cotidianidad
que han inventado los nuestros.

En época de involución
olvidamos otros miedos
en los que lo que no podía ser
se convirtió en un hecho.

Engalanados en las redes
seguimos sin aprender del tiempo.

En el amor

En el amor encontré reposo
cuando en las frías madrugadas
mi cuerpo se desvelaba
en un miedo incoherente.
En el amor descubrí la ansiedad continua,
la eterna espera,
la incertidumbre insólita,
la esperanza renovada.
En el amor contradije mis principios,
abandoné mis máximas,
aspiré a construir un mundo distinto
y perdí mi lógica y mi alma.

Se desvanece hoy en el recuerdo
la locura
de subyugarme abstraída
al sueño del otro.
Vuelven los desvelos antiguos
de noches infinitas
y mi verso se transcribe
cotidiano y monótono.
El amor cubrió de aventura mi fatiga,
ahora la rutina vacía de esperanza
el cosmos.

Tiempo

Cuando el tiempo me abandone en su alegría
sólo dejaré una vomitona de palabras,
recuerdos fugaces en otras vidas
y una sonrisa detenida en la distancia.

El rojo cobre de un otoño seco
iluminará otras retinas de nostalgia
y el frío que congela mis sentidos
entumecerá mañana otras falacias.

Mis palabras vagarán entones errantes
en redes mustias, ya nunca visitadas,
y el amarillo teñirá de abandono
también, como en los libros, las pantallas.

Mas este instante fugaz en el que aún vivo
me obliga a rotular en verdes
tiernos sueños y esperanzas.

Me empuja a supurar en rojos
viejas y apremiantes luchas
y a mantenerme activa en la batalla.

Se me esfuma cada día la riqueza
de sentirme proyecto y, en la mañana,
opto por recomponer mis lienzos rotos
decidida a conquistar otra jornada.

Otoños viejos

He releído un otoño
escondido entre recuerdos.
Un otoño plomizo, gris,
de ansiedades y de miedos.
Una lluvia sutil ahogaba
sueños adolescentes
que querían ser poesía.
El amor era proyecto;
el trabajo; una aventura,
y una enfermedad sin nombre
enturbiaba mil desvelos.
La rutina de un octubre
daba ritmo a unos versos ansiosos
que buscaban su espacio
entre otras vidas.
Pero imperaba un miedo,
un miedo oscuro a no ser
más que una sombra en el tiempo.

Pasados los años veo
transcurrir estaciones entre rescoldos
de quien quise ser y quien soy
en el momento
que releo poemas viejos.
Hoy flaquea la esperanza
que me sustentaba entonces
cuando la rima era fácil.
Hoy me dejo llevar,
sin aspiraciones futuras.
Proyecto retos pequeños
que estimulan mi autoestima
y sigo escribiendo versos.
Ya no sueño cambiar el mundo,
sólo me gustaría entenderlo, y
entre frustraciones lejanas
renazco sin más anhelos,
que ser quien soy y vivirme en paz
con los que más quiero.

Amanecer

Un susurro de involución
despereza la mañana.
Un murmullo discordante
de epítetos agresivos,
de traiciones regresadas.

El mundo sigue latiendo,
pausado,
ensombrecido en miedos
y radiante en añoranzas.

El siglo XXI repite en rojos
enfrentamientos antiguos
y el hombre sigue rodando,
cobarde, a ras de suelo.

Los universos globales
se enturbian en grises egoísmos
y seguimos estacionados
en el ocaso de ideales antiguos.

La mañana rebosa sol
y en horas de posibles,
ofrezco mi mano
para escribir otra historia.

A Borges

He vuelto a coger el termómetro,
la bolsa de agua caliente,
las aspirinas.

He vuelto a intentar protegerme
de cada extraño sentimiento,
de cada pesadilla.

Y me he visto desnuda,
como nunca me había visto,
incrédula al sentirme presa
de un futuro inexistente.

De tanto mirar lejos
he olvidado leer cuentos,
vivir instantes pausados,
momentos fugaces.

De tanto perseguir utopías,
he perdido mil sonrisas.
De tanto llorar…

 

Al verme más desnuda ahora
he comprendido mi insensatez
y me he asomado al abismo del ahora,
al pozo sin fondo
de este segundo que se desvanece.

A vueltas con el tiempo intentando
que la esencia sea esta esencia
y el dolor, este dolor,
y cuando llegue mañana,
mañana, verde en el viento,
escribiré otra angustia sentida,
otro presente convertido ya
en un inevitable hoy.

Contra los pobres

Me acobardan los balcones con banderas,
los puños cerrados,
las manos estiradas hacia el cielo infinito,
los himnos y los cantos.

Me asustan los mensajes de absolutos,
la lejanía del otro,
el abismo de la ignorancia
y la incomprensión mutua.

Temo el vacío del hombre
contra el hombre,
mi yo frente a tu yo
en ardiente enfrentamiento.

Reniego de siglos de historia mancillados
para la utilización profunda de las mentes.
Masa que somos todos, empujados al caos.

No quiero ni rojos ni gualdas,
ni banderas esteladas.
Por no querer, no quiero ni malvas.

Solo deseo a un hombre engrandecido,
capaz de escuchar al otro y comprenderle.
Un proyecto de mundo compartido,
un sueño indiferente de quién eres.

Quiero pelear por un mundo sostenible,
un sueño que renazca en primavera
y pinte de amarillos, verdes, rojos,
los parques y, también, las alamedas.

Seamos humanos lejos de ser patria,
compañeros, amigos, luchadores
por vidas más sanas y sensatas.

Los nacionalismos son solo etiquetas
de un egoísmo atroz contra los pobres.

Coplas del puto calvo

Como todos ya sabéis
yo convivo con un calvo,
un calvo pestilente y feo
que me hace sufrir a diario.

Cada mañana despierto,
desperezo mis encantos
y antes de darme ni cuenta
ya me sujeta pies y brazos.

Multiplicando mil insultos
al rato por fin levanto
y entre empujones y gritos
me da la bienvenida el calvo.

Cuando ya llegan las once
solemos firmar un pacto:
él siempre estará presente
y yo procuraré ignorarlo.

Según transcurren las horas
se ríe de mi a diario,
mas yo me pongo cabezona
y así lo vamos llevando.

Algunos días me vence
regalándome dolores
tan constantes y estridentes
que me dejo ir en sus manos.

Otro días, sin embargo,
me río de su constancia
y aunque venga con reproches
yo puedo vivir un rato.

Cada noche al acostarme
casi lo tengo domado
pero entre risas susurra:
mañana te estaré esperando.

Acaba pues esta copla
de otro día con el calvo:
que sí bien asfixia mi vida,
todavía no me ha ganado.

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