Es sorprendente
que en el vacío de la noche
sea cuando más resuene
en mi cerebro
el explosivo derrumbe
de un mundo en caos.
Es fantasmagórico
que mi retina
esboce miradas
de millares de rostros
sufrientes
ante mis párpados cerrados.
Me estremezco entonces
cuando un temblor rechina
en mis neuronas,
asombradas por un sistema
que se desploma en el abismo.
Debemos estar alertas
ante los jinetes
que cabalgan
hacia el hambre y la guerra.
Nos deshumanizamos
y el silencio
ya no es suficiente
como respuesta.

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