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un café y un poema

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poesía

A un amigo

No emborrona tus ojos
la blanquecina luz
de un Madrid navideño,
ni las estridentes luces
de los villancicos.

No ennegrece el sol
de tu dolorida mirada
el rumor de los festejos,
la algarabía y la fiesta.

No enturbia tu ironía
el transcurrir de las horas,
los silencios, los recuerdos,
la abominable nostalgia.

Nada, absolutamente nada,
rellena en mi alma
el vacío de tu ausencia,
tu silencio fortuito
se quedó para siempre
y anhelo tus temores
como detesto los míos.

Te llamó la tierra pronto
y te obligaste a escucharla.
Huiste de este derrumbe
que puebla la enfermedad.
Ni te acompañó el universo,
ni te comprendía tu cuerpo
y ellos, los otros,
pasaban por ti
sin apenas percibirte
(tú disfrazabas ausencias
como quien ya está saciado).

Has cerrado el diafragma
en el que habito
al desmontar el filtro de tus ojos
y aquí quedo
perdida en la ceguera
oscura del abismo.

Poco me enriquece más
que el sabor de tu recuerdo,
en este mundo alineado
que degrada al diferente.

Quiero arrancar del suelo
aquello que ellos no vieron
y afianzarlo en mi cintura
para que vele mi sueño.

Contigo seguiré rodando
aunque te hayas ido tan lejos.

Tiempo de Navidad

Permitidme que me emborrache
de Navidades pasadas
para pintar de alegría
las que aún hoy
se aproximan.

Dejadme que me revista
de aquellos tiempos
cuando los muertos no eran míos
y el dolor era de otros.

Quiero leer el aire frío
condimentado en pestiños
y evocar “campanilleros”
a través del Google Home
que redescubre recuerdos
en un tono más metálico
que sentido.

Quiero inspirar, como siempre,
las canciones, la guitarra,
los sueños que compartimos,
los deseos, la esperanza.

Quiero redescubrir el hoy,
enfundado en un pasado,
dulce y noble,
quiero redescubrir un hoy
proyectado de mañana.

Soy quien soy porque un día
alguien se asomó a mi corazón
y me quiso.
Soy quien soy
porque en el ahora
aún me siguen queriendo.

Brindo por una Navidad
de inocencia renovada,
de promesas por cumplir,
donde los que están conmigo
luchen a mi lado
frente a mis viejos amigos:
el miedo y la ignorancia.

Brindo por un pasado amable,
por un presente en pelea
y por un futuro en el que nada
limite mi esencia.

Y brindo por todos vosotros,
compañeros de viaje,
que pintáis en verde tierno
las rejas de mi propia cárcel.

Un atardecer

Se desvaneció el consenso
cuando comprendimos
que las balas
no eran de fogueo.
De nada servían ya
las proclamas
de lo políticamente correcto.
No existían guías espirituales,
no existían modelos de felicidad,
ni cánones de belleza.
Sólo un silbido sutil
que atenazaba los tímpanos,
una parábola precisa,
una consigna de miedo,
un sálvese
aquel que pueda.
El rojo ardiendo en el pecho
de otro desencantado
pinto de negro el misterio
de una vida racional
y sencilla.
No, gritaste,
NO,
las balas no son de fogueo.

Niebla

El tiempo no redime
las ausencias,
aunque el hoy
se vista de absolutos.
Nada se puede revivir
en el ahora.
En marrón turbio
se desdibujan los ojos
de quien fue, pudo ser
y ha sido.
No puedo ya
reabsorber el aroma
de mi jardín privado,
hoy la grama
engrosa las paredes
más potente y gris
que su cemento.
No puedo atraerte
en este instante,
ni en mis sueños,
aunque un blanco,
de siempre,
pinte las calles
de un Madrid
constante y caduco.
Yo ya no soy quien fui,
el dolor abrió otras llagas
y mi sueño de esperanza
pinta en tonos renovados
mi poesía.
Fui, pero no soy,
y en mi quimera
rememoro quien fuiste,
pero tu ayer se fue
y hoy nadie me espera.

Pensemos

Ni que decir tiene
que me quema
el nacionalismo
en las entrañas.
Ese españolismo,
caduco y eterno,
que prometiendo el orden
censura la verdad.
También me inflama
el independentismo,
enfermo de ego,
que promete sonrisas
mientras permite
barricadas hostiles
contra la gente de bien.
Detesto la violencia,
el feroz enfrentamiento
y una juventud ahogada
que busca en la pelea
su justificación vital.
No hemos aprendido nada,
nunca aprenderemos nada,
si seguimos
buscando en las banderas
la esencia de lo humano.
Debemos ser más que este vacío.
Pensemos,
esta vez pensemos,
en algo que sea alternativo,
que nos infunda ánimo
y no desasosiego.
Seamos hombres y mujeres
construyendo caminos
y no insurrectos
capaces de matar
por antiguos lemas
que ya nos condujeron,
otrora,
a la maldad.

Tinta

El gris de una tinta envejecida
rasga el amarillo
de un folio olvidado.
El pulso,
de quien un día fue,
tiembla al declamar amor,
un amor dulce,
un amor apasionado,
un amor absoluto.
Entre lo cotidiano
garabateado se confunde
un proyecto tan vital
como sincero
y se desintegra en los dedos
de quien lo contempla
sesenta años después.
Cada trazo trascribe
aspiración y desdicha,
Promesas erráticas
de quien solo es para amar.
Susurrando esos epítetos
imagino que un día
me inventaron.
Hoy los añoro
y contemplo sus caricias,
más eternas que ellos,
con el desasosiego gris
de la cruel aceptación.

Atardecer básico

Nunca me enseñaste a olvidarte
aunque en tus manos descubrí
hasta como susurra el viento.
No me preparaste
para el vacío,
para el silencio,
para el olvido.
No me explicaste
como se contiene el amarillo
cuando tizna de tedio
los adagios.
No, no me enseñaste a olvidarte,
y cuando el sol desangra
en rojos atardeceres
su partida,
el pulso se esfuma
entre mis manos.
El silencio te dibuja
en la nostalgia
de quien soy,
navegando
en mis errores.

En el mar

En este mar inquieto,
que nunca aspiró a ser océano,
mueren los sueños
como nacen las sonrisas.
Una patera es engullida
por una ola poderosa
y un niño da una brazada
prematura
aplaudida por su padre.
En este mar eterno,
los puertos que se buscaban
para intercambiar culturas
hoy rezuman odio al diferente,
mientras,
se aplauden
paellas y sangrías
al olor del verano.

En este mar poderoso,
mi sombra queda lejos de la orilla
abatida por el caos de
un cuerpo roto,
mas los recuerdos
saltan entre las olas
proyectando
futuros imprevisibles.

En este mar todo es poesía,
es el ser y el no ser
del hombre,
es la fugacidad ante lo eterno,
es el caos más trágico
junto a la tranquilidad
más plácida,
es mi no yo
ante tu todo.

No queda

No queda más que vivirme,
suplir las carencias
en verde
y desmontar en calma
los aromas del vacío
embadurnados en gris.
No queda más que inventarme
en un mundo de sincronías
de alma y cuerpo,
donde mi caos es quiebra
y las miradas
se tornan en compasión.
No queda más que olvidarme
de cómo quise ser
cuando el tiempo era promesa
y mis versos
el reflejo idealizado
de tu amor.
No queda más que aceptarme
siendo quien soy
en este instante blanco
que no propicia, ni alienta,
la insumisión.

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