Se detiene un tiempo silencioso
a la sombra del Moncayo.
Mirando cumbres nevadas nos perdemos
en sueños de futuro,
mientras tu mano busca la mía
y tus ojos vagan por el infinito.

Un sol blanquecino es espejo de leyendas,
recuerdo imborrable de un Bécquer
soñado, envuelto en el romanticismo,
mientras esperamos a Machado
junto a la Laguna Negra.

No somos ni el uno, ni el otro,
posiblemente nunca seamos poetas,
y nuestras manos son distintas.
Pero el Moncayo continúa estacionado,
exactamente donde ellos lo vivieron,
y vive en el aire su música.

¡Ay amor, todo gira envuelto
en ese mecanismo cíclico
que repite sensaciones 
en entes diferentes!
… y a nosotros también nos buscan,
escondidas, las ánimas.