Abril se esfuma con un silencio gris
tan marrón como la calima de agosto.
Una calima densa, espesa, atronadora
que se rompe en la hostilidad azul
de una sirena temblando en la noche.

Mi Madrid es sombra de calma y muerte.

Mientras,
guerras cainitas
rompen el tejido necesario
de una sociedad en crisis
de identidad;
el individuo es el todo
y la nada más blanca.

La suma de desiguales
aleja las soluciones
a la par que reventamos
en exigencias
y, tras los cristales,
un verde exultante
de eterna primavera
conjura a los demonios.

Somos virus asesinando a un huésped
que se revela matándonos
y en ausencia de consensos
sucumbimos por igual
los que creen en la fuerza del yo
y los que amamos la lógica del nosotros.

Clama Madrid calma
ante la distopía
del presente.

Clama Madrid y no sabemos
llorar,
ni tan siquiera,
a nuestros muertos en paz.