Me he perdido entre las oscuras vidrieras
de la vieja escuela,
-antes monasterio, antes laberinto-
viendo cómo se reflejan medievales rostros
que perseguían atribulados sueños de eternidad.

He vagado por callejones desiertos
recordando el eco mortecino de los coros,
frenéticas alabanzas a la Virgen.

Aquella música entrega a la realidad
ese murmullo perenne de la paciencia,
un pesado don demasiado intransigente.

He retomado los folios como quien redescubre
lo que es inequívocamente suyo
y he retratado los frailescos rostros
en arrebatados impulsos de plumilla.

Ni pinto, ni escribo, ni tan siquiera sueño,
sólo me renazco encontrándome ausente
entre todas las rigurosas formas
que anquilosan nuestro espíritu.

Quizás he olvidado ser y me he recreado
en un hipotético haber sido quizás dios,
quizás demonio, quizás simplemente humano
desasosegadamente humano.