Un niño llora en una playa de Lesbos
mientras su madre agoniza
de abandono y soledad.

Otro niño, no muy lejos,
hace pucheros al ver
que su consola no funciona.

Un adolescente hastiado
vaga en Madrid inventando un futuro posible
en una sociedad del bienestar muerta.

Un joven grita indignado
sin saber qué hacer con tanto desencanto.

Entretanto Europa sigue latiendo
vacía de objetivos comunes
y de planes de futuro.

Quizás no vivamos peor
que en otros tiempos
pero nos tenemos más miedo;
nuestro vecino compite en miseria
con nosotros y nos asusta.

Dejamos que crezca el terror
oscuro, aciago, tenebroso,
mientras intentamos vivir una vida calma.

El futuro está en ellos: en el que grita,
en el que llora, en el que inventa su futuro…
El mañana es de ellos
y les estamos ignorando.

Aun queda esperanza porque otro niño
acaricia a una persona con una sonrisa
de bondad mientras intenta ayudarle
para que se aferre a su silla de ruedas.

Y otro niño, simplemente,
sonríe y juega ajeno a todo
mirando absorto a sus padres que le aman.

El futuro del mundo es este hoy
multiplicado exponencialmente por el tiempo.

Tenemos una responsabilidad ignorada
que de seguir así
nos puede conducir al caos,
a un caos oprimente y silencioso,
a un caos destructivo, a un caos premeditado
y previsible, en definitiva,
a una soledad compartida y pesarosa,
acobardada y agónica que sólo busca
su propia y personal libertad.