Una lluvia reposada y serena
redibuja la ciudad en el otoño.
Las estaciones avanzan
definiendo nuestro ser más finito,
ese ser que se destruye según va creciendo.

El tiempo lo es todo,
nuestra más prolija riqueza,
nuestra vida, nuestro Yo.
El tiempo es nuestro ser y es caprichoso,
impredecible, aleatorio, incontrolado…
tan abismal y fugaz
que preferimos ignorarlo.

Un intervalo entre dos hitos es nuestra vida,
un paréntesis de un todo
entre dos nadas conscientes
que se nos ofrecen aterradoras.
Este remanso en el tiempo
es el que nos toca inventar:
amando, soñando,
disfrutando y, padeciendo.
Compartiendo sueños iguales
con otros individuos únicos.

Una pincelada de verde
sobre un óleo oscuro
rebosante en tensiones
en las que no somos protagonistas.
Demasiado gris y ocre en un entorno que,
aunque lo ignoremos,
es nuestra responsabilidad.