En las playas siempre hay niños
que construyen castillos de arena,
niños morenorubios, altibajos, feobonitos.
Niños.

Impúdicas criaturas retenidas por sus madres
para que no se bañen tanto,
para que no sigan saltando olas,
para que ellas puedan descansar su vista
sin perseguir sus ahogadas entre compañeros.

Los críos absorben sol
mientras cimentan castillos
con sus torres,
sus murallas,
incluso, con sus banderas.
Su trabajo es minucioso,
exhaustivo,
ponen barreras al mar,
evitan inundaciones.

Cuando concluyen los miran engrandecidos,
envalentonados, fuertes,
viéndose capaces de crear milagros.
Sus progenitores entonces los reclaman,
los incitan al baño
para proteger su tierna piel
de los rayos devastadores del astro.

Ellos miran al mar,
observando a sus padres:
discuten de política, de fútbol,
del precio del pan,
para después descansar su vista en el castillo,
se recrean.

Todos hemos visto el prodigio siguiente.
Los chicos se miran entre ellos cómplices
y sonríen,
sus ojos brillantes,
se eriza su pelo…
Y lo pisan.
Destruyen su fastuosa creación
con visceralidad incontenida.
Saltan sobre las almenas,
propulsan patadas destructoras,
se tumban sobre su obra
y corren en algarabía hacia el mar.

Quizás podríamos preguntarnos qué extraña locura
les lleva a emprender esta oda a la destrucción.
Qué desconexión en sus jóvenes cérebros
les hace divertirse deshaciendo
lo que con tanto empeño han construido.
O quizás como adultos
deberíamos aprender de sus ritos
y enterrar los viejos logros
para dejarnos llevar por nuevas aspiraciones.