Negros nubarrones estrangulan al ocaso
su ambición por ser protagonista.

Sucumbe el sol, superado por un viento
que erige su lamento como oda arrítmica.

Un destello de luz desgarra el cielo
presagiando un trueno demasiado estruendoso
como para ser armónico.

El gris mate cubre el campo saturado de estío
mientras los cimientos de hormigón,
donde reposan nuestros sueños urbanos,
se preparan ante un abismo de calma.

Las primeras gotas torrenciales y dramáticas
rasgan el reposo olvidado del polvo en las calles sedientas,
en este agosto una luz trémula eleva
una cadencia invisible que confunde el paso de las horas.

De nada sirve atesorar pues el tiempo
cuando la noche describe su entrada con el sigilo bronco
de aquel que, inevitablemente, espera su momento.

Quizás también pesa el hastío en mi verano,
hace años ya que desfallecieron mis verdes
ante la desgarradora luz que emana tu abandono.

Mi campo crepita también en el fuego
de un atardecer marcado por la decepción
de un presente sofocante y aciago.

El reflejo de la lluvia y la tormenta
rememora recuerdos de otros años
en los que la llegada renovadora del otoño
permitía ambicionar otros veranos.

Cuando tu presencia mustia el candor de mi mirada
y tu distancia sólo sofoca el ritmo sosegado de mis sueños,
no debo anhelar más que la ruptura
capaz de renovar el pesimismo pueril que me sumerge
en el abismo de mi propia autodestrucción.

¡Qué llueva entonces, sí, y se estremezcan
las paredes que construyeron nuestra casa!

¡Qué tiemble el mundo y que el sonido de la tormenta
me permita de nuevo concienciarme de mi alma!