El gris de una tinta envejecida
rasga el amarillo
de un folio olvidado.
El pulso,
de quien un día fue,
tiembla al declamar amor,
un amor dulce,
un amor apasionado,
un amor absoluto.
Entre lo cotidiano
garabateado se confunde
un proyecto tan vital
como sincero
y se desintegra en los dedos
de quien lo contempla
sesenta años después.
Cada trazo trascribe
aspiración y desdicha,
Promesas erráticas
de quien solo es para amar.
Susurrando esos epítetos
imagino que un día
me inventaron.
Hoy los añoro
y contemplo sus caricias,
más eternas que ellos,
con el desasosiego gris
de la cruel aceptación.