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un café y un poema

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Poemas generales

El mejor poema

He perdido un poema
nacido en esta mañana de retornos.
Ha desaparecido como tantas ideas ágiles,
como sueño en duermevela.

Al perder el verso
se ha esfumado el sentimiento,
la fórmula precisa para trascribir
un latido, un instante, un susurro… 
y este mundo prosaico, veloz y aburrido,
se ríe a carcajadas de mi dolor.

He perdido un poema, sin duda,
el mejor poema que esta mano útil
ha escrito.

 

Cuando muere una rosa

Cuando muere una rosa
baila su última danza con el viento,
desperdiga un aroma intenso
y dibuja en rojos oscuros la mañana.

Cuando es un sueño el que muere
perfila en verdes una realidad de pesimismo
y se enturbia la esperanza entre cipreses
ajenos a la frustración y al olvido.

Al morir la primavera
un verano tórrido dibuja
de blancos y ocres la nostalgia
y el sueño y la pereza nos alienta
a combatir con calma la jornada.

Mas cuando es una voz la que cae
en el silencio,
en la destrucción completa,
en el abismo,
no hay color para el vacío de su ausencia,
no hay ritmo, no hay palabra,
no hay poesía.

Cuando muere una voz
la melodía en el aire se silencia,
el tiempo se extiende y se flexiona
y nos sentimos abandonados en la tierra.

En ti estaba el orden de las cosas
y en el silencio de tu música,
el caos, el desorden, el vacío,
la nada entre las páginas de un libro,
la sinrazón de mi amor
en un espacio en la memoria.

Canícula

En amarillo hostil se perfilan
las calles de mi barrio.

En amarillo de asfixia,
de sequedad, de fatiga…

El arenoso cielo modula
perfiles imprecisos
y la vida pasa hastiada
en blanco de canículas.

No es tiempo de esperanza,
solo de sueños en reposo,
de latencias maduras,
de observación pausada.

Un instante febril
de un Madrid disonante,
en el que soy lo que fui
cuando el viento
me llenaba de futuro,
pero en presente cansado.

Reposo exhausta,
mientras el tiempo se lleva
lo que es mío,
esperando que el otoño
diluya esta presión
y me vista de mañanas.

Latido

Se intuye una brisa fresca
en un verano plácido,
un verano sin las estridencias del estío,
simplemente,
un verano cálido.

La risa contagiosa de los niños
jugando con el agua silencia
el peso de las horas
en caras entumecidas de olvido.

Y la vida sigue
y Madrid sigue
anhelando rutinas otoñales.

El peso del verano nos encierra
en paredes blancas con ventanas pequeñas y,
tras las cortinas,
una madre otea el horizonte
inventando un futuro sin angustias,
un anciano se acomoda al fresco
y un joven prepara unos exámenes.

Mis cortinas son blancas
y mis sueños pequeños
y tu sonrisa
y mi dios acompañan
mis doloridos pasos.

La ciudad sigue latiendo
y el verano transita calmo.

Música

Explorando en el tiempo tu recuerdo
rememoro el compás de aquellas notas
que rompían viejas armonías
para imponer un ritmo distorsionado
de las horas.

No valía entonces la poesía,
la vida se imponía con tal fuerza
que la palabra quedaba enmudecida
asombrada ante el ritmo de las cosas.
Los acordes resonaban novedosos
y el eco de tu voz engrandecida
generaba polifonías ambiciosas
que evocaban la magia renacida.

El tiempo, cárcel estable,
moduló sin más las melodías
y el eco de aquel tiempo reverbera
en sueños y promesas incumplidas.
Quedamos tu y yo ahora en el preludio
de un adagio que intuye entre susurros
la palabra que ha perdido la osadía
de aquel ritmo, valiente y desgarrado,
que apuntalaba los cimientos de mis obras.

Otra vez

Otra vez.

La noche se condensa nítida
entre los enfermizos campanarios
quejumbrosos por tantas noches de olvidos.
Hay un lamento en el espacio
que separa el inmenso universo
que construye mis múltiples existencias.
Lamento ahogado que no ha de ser
sino goce de estar viva
y de que la luna brille
y de que deslicen las lágrimas
su agridulce sabor a realidad.

Otra vez.

El barco emigra del océano
para condensarse en tierra
y ser un ser serenamente estéril.
Errante travesía que ha de ser
el perfecto reflejo de tantas ausencias
que al recrearse construyen nuestro ánimo.

Otra vez.

No hay mudez que resista
el monótono crepitar de las hogueras
fuegos de noche que no han de ser
sino resonancias marchitas de aquellos embrujos,
vahos perpetuos del que ama ser más Dios
y menos proyecto.

Otra vez, llueven días, semanas, años…
y mis manos siguen deslizándose
entre la nada para ser
esto: ilusiones de noches vagas en calma.

Deberías

Deberías echarme de menos,
añorar mis manos
como yo extraño tu sonrisa,
remover el café
recordando nuestro aroma,
vagar por las calles duras
recordando mil encuentros.

Deberías no olvidarme,
amanecer al alba
dibujando mi mirada,
enrabietarte de celos
al no tener mis besos,
ensordecer el universo
recordando mis palabras.

Deberías anhelarme
porque ayer, algunos días,
no necesitamos un mañana
para sentirnos felices.
Porque nos hicimos juntos,
porque sumamos quimeras,
porque nos sentimos uno
al margen de la nostalgia.

Deberías echarme de menos,
yo camino en la demencia
de sentirme fugaz y sola
y necesito sentir
que aún, sin saber porqué,
me amas.

Recuerda

No he compartido mi alma
con tu cuerpo
en noches como esta, silenciosas,
para que el futuro desmigaje
un suspiro mortecino
hacia la aurora.

No te di
todo aquello que fui
en mi ignorancia
para sentirte ahora entristecido,
amortajado y débil
en tu insólito destino.

Perdiste el reflejo de mis noches,
la sonrisa sin más,
el pulso firme
que desvirtuaba en rojos
la alegría
y te consumes, pavesa,
en decepciones
marcadas por el devenir
de los días.

Recuerda camarada
como soñamos palabras
cuando un futuro eterno
sostenía las miradas
y revive el eco sordo
de quien fuimos
que yo sé aún bailar
las madrugadas.

Alborada

El aroma sutil de la rutina
pinta en grises un presente
sin mañanas.

Los besos agostan el recuerdo
y se desvirtúan ajenos a la música tenue
de tantas batallas perdidas,
de tantas conquistas ganadas.

Los proyectos son ya
pequeños retos cotidianos
y la esperanza se condensa
en cuatro gotas
demasiado modestas
para ser narradas.

La poesía ya no es épica,
sólo constante,
afilada en la fugacidad y el tedio
de ser uno más,
sin glorias ni proezas.

Aún así, el tiempo venidero
me exige actitudes proactivas
en combate
con un cuerpo enrabietado.

Añorando tu amor,
aún quedan fuerzas,
exhaustas, sometidas, alienadas,
que me recuerdan quien fui
cuando mis manos
aún construían castillos de añoranzas.

Con esa carga de fe,
aún sigo viva, y pintaré en verdes
la sonrisa fugaz de la alborada.

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