La línea del horizonte se desdibuja
en ese infinito ámbar que perseguimos
cual si fuera solución a nuestras cuitas.
El ambiguo olor de la lluvia
desacredita el embrujo de la hora
y el ritmo continuado nos obliga
a embriagarnos en gris monotonía.

El suspiro de esta tarde es como todos,
no hay alba verde que sostenga
el pasar sosegado de las horas.
No hay nada trascendente en el minuto,
sólo un frío azul eterno que se desgrana
entre acordes demasiado repetitivos.

Mi mente ignora la inmovilidad de Haendel
con la osadía de quien se siente ignorante
ante cadencias demasiado grises para ser eternas
y en este devenir insano ni la más brillante fuga
aporta un soporte preciso de realidad.

Quizás en el ocre incienso esté la clave:
ebria de eternos verdes apacibles y reposados
me subyuga cualquier elemento discordante
que implemente la fugacidad de un sentido
que no por impreciso ha de ser etéreo.

Debo romper con el amarillo hostil de esta oficina,
vagar por otras imprecisiones inconclusas
que aporten algo más que esta cadencia.
Deseo fundirme en rojos horizontes
porque esta nada blanca me confunde
obstinada en la eterna sumisión
de quien a esta hora hoy ni tan siquiera vive.