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Cuarto de hotel -las cinco y cuarto-
él se fuma un cigarro reposado
con la satisfacción del placer cumplido
y la mirada perdida en dios sabe que sueños.
Su sexo aún manifiesta la lujuria,
el deseo, la pasión, el desenfreno…
y mantiene ese equilibrio incierto
de lo que está condenado a desplomarse.
El cuarto del hotel es anodino,
sin llegar a ser tórrido ni esperpéntico,
simplemente carece de epítetos:
es un lugar aséptico dispuesto
para cualquier cosa.
El humo se deshilacha por las paredes,
recorre el vacío mustio de las cortinas
y simplemente… se desvanece.
El tiempo se detiene insensible,
incapaz de acompasar esos dos cuerpos
mientras juega con la pereza y el arrepentimiento.
Ella reposa a su lado y le observa,
observa su propio amor en sus ojos inexpresivos,
la imposibilidad, la equivocación, la añoranza
de compartir sueños
porque este mundo no teje sueños compartidos,
aunque se quieran
no al ritmo del deseo sino al suyo propio.
La estancia entera exhuma un olor amante
del eco amortiguado de los besos y las caricias
y sólo les queda volver a amarse,
en otro cuarto de hotel, otro día cualquiera,
en el que el tiempo pródigo de desesperanzas
quiera latir otro impulso de ensueño.