Yo no debo versos
a ese lector de cosas acabadas,
a esa inmunda rata que fluctúa animosa
entre la genialidad exclusiva
y lo que simplemente pasa.
Yo no debo versos
a aquel que se considera apartado del mundo,
de si mismo,
al que reniega de la magia de las cosas
y cuando se presenta ante ella solo calla.
Yo no debo versos
al optimista satisfecho,
regocijo constante de su honra,
estéril saco vacío en que se pudre
el encanto del pudo ser que le sobra.
Yo no me debo versos
ni tan siquiera a mi misma,
he nacido y renacido tantas veces
que es obvio que me sobran los epítetos.
Pero si le debo un todo a esta nada que me envuelve,
a este ocaso primaveral primero,
a este oxígeno virgen que transpira
el mundo latiendo despacio, lento.
Y le debo palabras porque son lo único que tengo,
no tengo otro pago posible
para el embrujo surrealista de la gran rueda
en la que somos lo que queremos ser,
menos lo que no seremos.
Un verso o un poema para un mundo
que no me necesita,
pero que al margen de su voluntad,
me soporta ultrajando sus entrañas.