Su sonrisa, titubeaba
en una expresión por todos conocida.
Dudaba entre ser y no ser,
mientras en sus ojos el llanto antiguo
había dejado una sombra húmeda
que aún recorría translucida
sus mejillas.
Pese a todo, pensaba que mi gesto de amor
sólo era reconfortante, pero no aliviaba el miedo,
ni la angustia, ni la amplitud del vacío
renacido en tantas derrotas.
Debía enfrentarse de nuevo a sus viejas ansiedades
y la indecisión,
que por momentos se tornaba rebeldía,
provocaba que sus pies se aferraran al suelo
incapaces del impulso final.
Había llegado el momento.
Ahora contaba con apoyo
y volver a andar el camino trasnochado
que le conducía a sí mismo
era ya una obligación ética.
Agarró mi mano con fuerza,
miró al universo entero
con su visión cansada de batallas
y, por fin, atravesó la puerta del hospital.