De tanto anhelar lo que no tenemos
olvidamos lo que somos.
Y sumergidos en esa angustia existencial primera
deambulamos sombríos por callejones inciertos
que nos conducen a una monotonía cómoda,
garante de la continuidad de nuestras aspiraciones
sin provocar descalabros.

Nos sentimos distintos,
siempre nos sentimos distintos de los otros,
de aquellos que conviven construyéndose
en un ritmo empático con nuestros pasos.
Vivimos nuestra infancia convencidos de ser únicos
y en la adolescencia confirmamos esa máxima,
hasta que al final nos hacemos adultos el día que sentimos
que el gris ocre y el amarillo macilento
es la rutina que engorda nuestros días y los de otros.

Al final sólo queda el poso del segundo
en el que sin saber porqué renace nuestro corazón de sueños.
El instante aquel en que rozamos con los dedos
la perfección de lo que somos.
Este segundo esta impreso siempre en la mirada del otro,
porque el amor puro es el único capaz de hacernos estallar.
Pero es breve,
breve,
demasiado fugaz como para ser práctico
como escape de la rutina.

Para conseguir la calma hay que mirar pues hacia dentro,
no existen otros caminos,
porque buscando en el origen profundo de los sueños
debemos descubrir que somos
para admitir tranquilos lo que nunca seremos.