Ambigua letanía de colores
pinta de amarillos los veranos
de una capital ansiosa
de cambios prometidos.
Terminó el invierno de los poderosos
y una renacida primavera
insufla latidos de verano
en una juventud hastiada de corruptos.
Las calles reúnen más banderas
gritos de un pueblo
que no entiende
la abundancia
de los eternos lujuriosos del poder.
No valoran, no,
el peso de aquellas manos levantadas,
ni del hambre, ni de la miseria.
Sólo estiman sus estómagos agradecidos
a mentes criminales
que soportan su ser sin ser.

Este verano en las calles
habrá más banderas
y los que ignoran su fuerza
ya están empezando a caer.