Su alma blanca, su mirada oscura,

los requiebros de su sonrisa

de puro carmesí rasgan embrujo,

y, aunque quiere parecer seguro,

titubean de ensueño sus andares

excomulgados de un mundo 

demasiado racional.


Construye quimeras a golpes de fracasos

(las lágrimas las recoge en un bálsamo 

de ensueños que refunde en nuevas aspiraciones),

con fe tal que no hay ocasos que limiten sus auroras.


Al verle ayer así, engrandecido,

resucitado otra vez de entre los muertos,

miré mi triste vida de ansiedades

y sucumbí de lleno en tu silencio.


La vida juega con nosotros a su antojo

y hay quien es dios sin merecerlo,

sin embargo otros, silentes, escondidos,

merecen un placer que juega esquivo

o simplemente les mira de reojo.

No sé que entregarte hoy

más que mi fuerza para que la utilices

como quieras

y si no es suficiente te propongo

que vivas a mi lado la vida entera.