No es que naciera muerta,
es que la fuímos matando,
la condujimos a un bosque aislado
y la cercamos,
nos dio miedo no dominarla
y la enjaulamos,
nos pareció inútil
y la olvidamos.

No es que naciera muerta,
es que no quisimos escucharla,
sus directrices eran arriesgadas,
sus veredas angostas.
Huímos de su presencia
porque no la entendimos
y amordazamos su boca.

No es que naciera muerta
pero hoy yace sepultada,
descansa bajo cientos de ideales,
muertos también,
en la necrópolis inmunda
erigida para ellos.

Inmolamos la Esperanza
y vagamos vacuos, acomodados,
sabiendo que así no queda
otra posibilidad de mundo
que este falaz
en el que nos asentamos.