En enredadera de jardín nos convertimos,
entrelazando tus sueños y los mios,
trepando juntos por el espeso entramado
que con dificultad manifiesta nos sostiene.
Fuimos madreselva sí, porque crecimos
sosteniendo nuestros propios desengaños,
compartiendo personales alegrías,
mientras elevábamos nuestros brazos al milagro
de vivir renaciendo cada día.
He vivido mi vida, compañero,
sintiendo el vaho cálido de tus manos,
la exhalación contenida de tus besos,
y, a veces, tus ausencias y rechazos.
Escucha que el muro se derrumba,
percibe el amenazante ulular de sus pedazos
y sostenme, amor, que sucumbimos
en la noche profunda del fracaso.