Refulgiendo de junios los tejados
nos miran pasivos con ojos silenciosos,
viendo como cada uno vaga por un mundo
extraño y absurdo a la mirada  del otro.

No es que el mundo no sea el mismo para todos,
es que cada uno lo recorre a su manera,
subiendo y bajando empinadas experiencias
que nunca se entrecruzan, son líneas paralelas.

Son tantos universos comprendidos entre paredes
que las realidades se multiplican, como pasan las horas,
y el dolor, el amor, el sueño y la poesía
se escriben distintos según cada persona.

¿Que aprendizaje común puede dibujarse
en mundos tan extraños los unos de los otros?
El ritmo de la vida se dibuja tan distinto
que no hay pauta común, sólo zozobras.

Sumar las experiencias de los ricos y los pobres,
del enfermo y del sano, el natural y el extraño,
permitiría a este mundo forjar en cada esquina
el sueño común de un mundo en desarrollo.

Mas asustados por el diferente
nos recluimos perplejos huyendo de las sombras,
que proyectan los sueños ajenos del distante,
y nos quedamos tranquilos, ajenos a su obra.

Creamos ya por fin en un universo expandido,
que sume y no nos reste proyectos de otras vidas,
que acumulé experiencias y no sacrifique pruebas
de que somos lo mismo, unidos frente al todo.