Nunca me llevaste a pescar
porque, en aquellas horas,
dios se sintió injusto y cruel
y te apartó de mí lado.
Tampoco acampamos junto al río,
ni devoramos kilómetros en un seiscientos,
ni me cantaste canciones,
ni me llevaste a hombros
como habías prometido
cuando dijiste que ibas a vivir
para ser, por mí, un padre perfecto.

El dios sin sentimientos de aquel día
optó por no dejarme ni recuerdos,
no tuve que mentir, ni esconder mi rostro
ante tu mirada implacable,
no tuve que llorar por tus enfados,
ni huir de tu presencia con miedo.
No recibí nada en absoluto
más que una amplia dosis de genes
y una fábula familiar sobre tus misterios.

He inventado en mi mente la memoria,
he dado cuerpo a enseñaciones infantiles
y cuando cierro los ojos puedo verte
irradiando un ansía de vivir ilimitada.
El dios, tirano ayer,
se muestra hoy complaciente
y en un apunte de divina clemencia
me permite soñar con conocerte,
sentirte próximo y fragmento inalterable
de mi alma.

En algún espacio aquel que ayer
te robo de mis vivencias
permitirá que pesquemos en un río
mucho más caudaloso que el Jarama
y cantaremos juntos y soñaremos unidos,
viviendo así la eternidad de la única forma justa
en que merece la pena ser vivida y deseada.