Una música tenue
envuelve la mañana,
tiñe en verdes suaves
las cortinas
y rebota en las paredes
provocando ligeras
vibraciones sísmicas.

El sol no entra.

Ni un solo rayo
matutino y radiante
es capaz de filtrarse
en el eco discordante
de las voces anónimas
qué dibujan mis persianas.

Tampoco apareces tú.

Ni te escucho,
ni te ensueño,
en el compás plácido
de mi eterno entorno.

Estoy sola en Wagner.

Lo convulso impregna
ahora en amarillos
la luz épica
de este amanecer
desbordado.

Todo este día me espera.

Y yo cargaré de olores la mochila
y me precipitaré a la calle
a rebuscarme entre plazas
silentes,
mientras
mi yo constante
reaparece fuerte y vital
en tu recuerdo.