Aun te recuerdo,
la camiseta amarilla de tirantes
y los vaqueros bien ceñidos.
Siempre fuiste atractivo,
la musculatura justa,
sin un centímetro de grasa.
La mirada arrogante, poderosa, sincera.
Las manos grandes,
silenciosamente expresivas.

Te veo enfrente de mí,
la rabia enrojece tu mirada,
la furia tensa tus articulaciones,
la tensión te hace emitir ruidos guturales
ininteligibles.

El primer puñetazo
pasó rozando mi mejilla
 y se quedó anclado en la puerta
que había tras de mí.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo
por completo
sin olvidar ningún centímetro
de mi epidermis.

Todo aquello era mentira,
no era verdad lo que gritabas.
Todo era fruto de tu imaginación
pero no me escuchabas.

El segundo puñetazo me partió el labio.
Aquel amigo sólo había venido a saludarnos,
a los dos,
sólo a saludarnos.

El tercer golpe
me derrumbó contra el suelo
y supe que yo sería,
simplemente,
una estadística.