En un oscuro y silencioso cementerio
un alma ensimismada vaga ociosa.
Recorre laberínticos pasillos
vacíos de maleza
y de recuerdos.
Deja correr el tiempo perpetuo
sin buscar un objetivo definido
y se entretiene contemplando
tumbas de muertos antiguos,
olvidados,
abandonados sin más
al viento, al sol, al cielo.

El alma ensimismada decidió
hace ya muchísimos abriles
que la resurrección la dejaría para los cuerdos,
para aquellos que ya en aquellos días
habían firmado contrato con lo correcto.
Tampoco quiso saber de reencarnados,
ya tuvo suficiente en la otra vida
como para andar de nuevo deambulando
por un mundo sin paz y sin poesía.

Se ha quedado pues en el viejo cementerio
recreándose en ver los muertos nuevos,
sin prisas, sin ansiedades ni esperanzas,
simplemente los ve pasar
y así transcurren sus días
en su voluntario desierto.

El alma ensimismada ha descubierto
que no necesita más para lo eterno
que sentirse
tranquilo y olvidado de un mundo
que nunca le pareció perfecto.