Aquí, desde siempre, bajo mi ventana,
ha habido un murmullo incesante de cotorras,
viejos búhos nocturnos que en verano
utilizan las tertulias para difundir secretos.

Cuando julio se consume,
con su tórrido paso, lento y seco,
son ellas, eternas cotillas, quienes endulzan
mis noches y mis sueños.

Veo sus caras divertidas en el espionaje,
directo y cruel, de nuestras actitudes,
mientras la chicharra pinta en rojo
estridente y vital la canícula madrileña.

Su eco es el murmullo de la infancia,
el recuerdo preciso de otros julios,
anhelando con acné de primavera,
aquellos agostos más libres y más bellos.

¿Quién en un barrio obrero cómo este
no entonaría un homenaje a las chismosas?
Se trajeron el campo en su recuerdo,
sus tertulias al fresco, sus conversaciones
y llenan de matices rosas/grises
el ritmo de mis meditaciones.

Mientras… estación tras estación,
seguimos anhelando y sospechando
más plácido el frío qué el verano,
la primavera siempre ante el otoño,
la calefacción central frente al estío,
el mañana por el hoy, siempre el mañana.

En Madrid, hoy consumidos,
tan sólo, 40 grados.