Me acobardan los balcones con banderas,
los puños cerrados,
las manos estiradas hacia el cielo infinito,
los himnos y los cantos.

Me asustan los mensajes de absolutos,
la lejanía del otro,
el abismo de la ignorancia
y la incomprensión mutua.

Temo el vacío del hombre
contra el hombre,
mi yo frente a tu yo
en ardiente enfrentamiento.

Reniego de siglos de historia mancillados
para la utilización profunda de las mentes.
Masa que somos todos, empujados al caos.

No quiero ni rojos ni gualdas,
ni banderas esteladas.
Por no querer, no quiero ni malvas.

Solo deseo a un hombre engrandecido,
capaz de escuchar al otro y comprenderle.
Un proyecto de mundo compartido,
un sueño indiferente de quién eres.

Quiero pelear por un mundo sostenible,
un sueño que renazca en primavera
y pinte de amarillos, verdes, rojos,
los parques y, también, las alamedas.

Seamos humanos lejos de ser patria,
compañeros, amigos, luchadores
por vidas más sanas y sensatas.

Los nacionalismos son solo etiquetas
de un egoísmo atroz contra los pobres.