Erradicada la sombra
de lujurias atrasadas,
un Madrid blanco amanece
rezumando frío y escarcha.

Claman los niños su fiesta
de sábado libre y ocioso,
mientras la ciudad levanta
su mirada hacia los otros.

Este invierno que entumece
aspiraciones diarias
redunda en la esperanza
de que llegará el sol y la calma.

En mis oídos el verde de los campos
y siestas bajo el sol de primavera
y en mis manos los sonetos
de poetas, de quimeras.

Mi Castilla desolada en el siglo XXI
sigue entonando oraciones
en contra de la sequía,
mientras tanto, aquí en la urbe,
ignoramos campos yermos
demasiado silenciados
como para sentir sus lamentos.

La ciudad no vive el campo,
ni esta provincia otras regiones,
solo sentimos que es nuestro
lo que rodea nuestras visiones.

El yo preside este tiempo
de exceso de información
carente de sentido y lógica,
de firmeza, de pasión.

Somos como siempre fuimos
un espacio muy pequeño
que no escucha al que no siente
lo mismo entre sus adentros.

Un mundo más global ha hecho
que podamos decidir
como vivimos la vida
sin salir de este salón.

Primamos la soledad,
nos molesta el compañero,
y en nuestro deambular
nos sentimos prisioneros
de una cotidianidad
que han inventado los nuestros.

En época de involución
olvidamos otros miedos
en los que lo que no podía ser
se convirtió en un hecho.

Engalanados en las redes
seguimos sin aprender del tiempo.