Nací del rescoldo enrabietado de una vida
que no quiso ser finita para amarme.
Nací del dolor punzante de quien sabía
de la inutilidad de la esperanza.

Me nacieron en el caos

y en el vacío, que impregnaba
los silencios de mi casa,
me alimentaron de amor.

Mi madre renegó de duelos
mientras acunaba mi llanto
y lloraba sola
en un rincón
donde no perturbaba mis sueños.

Mis hermanos insuflaron su vida en mí
sometidos a una pérdida sin sentido y cotidiana.
Llenaron de lírica las vivencias
y de música las mañanas.

Y fui feliz.

Protagonicé el milagro de la vida
tras la derrota,
la esperanza frente a la batalla perdida
que les amordazaba.

Fui el proyecto blanco de todo
y crecí amada y sostenida por un entorno
inigualable.

Desde entonces viví dos vidas,
una plácida y en reposo,
que evolucionaba en positivo,
y una silente que me desgastaba y me consumía
hasta llevarme a donde estoy.

Mis dos vidas aprendieron de la lucha incesante
de quien sabe que la vida es injusta
y me hice fuerte.

Aprendí en el silencio a aceptar lo inaceptable
y a seguir sonriendo.

Y hoy soy por ellos.

En esta segunda vida de desintegraciones,
cuando me desvela el viento del miedo,
aún me refugio en ese espíritu insaciable de lucha
que forjó mi vida.

Y, como mi madre, solo lloro en silencio.

Mi vida es feliz pese a todo,
con ellos he vencido el duelo
de sentirme mortal y efímera
quebradiza, insignificante, para ser
un presente que al instante
se convierte en un recuerdo.