Si el ego del poeta
no ahogara las palabras,
podríamos ser el eco
de verdades escondidas.
Podríamos susurrar
al oído del que escucha
versos de amor,
gritos de rebeldía,
susurros doloridos,
impulsos de vida…
del que tenemos al lado
e ignoramos.

Si el ego del poeta
no diera por perfecto
lo inconcluso,
podríamos llenar de palabras
un universo aislado
y divergente.
Daríamos voz al que calla
porque está solo,
insuflaríamos valor al cobarde
para la guerra diaria
de ser
en un contexto indefinido.

Si el ego del poeta
no nos amordazara,
seríamos fragmento de un mundo
que sin más nos necesita
para ser voz y nombre del entorno.
Seríamos parte de un todo que camina
y no testigos anodinos
de nuestras vacías derrotas.

Un mundo que no piensa
nos reclama,
mas seguimos adorando
nuestra sombra.