Se despereza la mañana entre borrascas,
aroma primaveral que desvirtúa
certezas y ansias de sol.

El mundo camina protegido
en telas coloridas,
se recoge
en la intimidad egoísta del paraguas.

La pausa de un festivo lluvioso
transfigura un Madrid tranquilo,
etéreo y nebuloso.

Renace esa ciudad callada
que reniega del estrés y de las prisas.

Mientras
mi alma, ennegrecida en ansiedades,
absorbe la rutina de las gotas
y ve colorear en verdes los jardines.

Mi mano aún escribe
y mi corazón todavía sueña
pidiendo a la rutina en la ventana
esa calma sutil
que ahogue el miedo.