Otra vez.

La noche se condensa nítida
entre los enfermizos campanarios
quejumbrosos por tantas noches de olvidos.
Hay un lamento en el espacio
que separa el inmenso universo
que construye mis múltiples existencias.
Lamento ahogado que no ha de ser
sino goce de estar viva
y de que la luna brille
y de que deslicen las lágrimas
su agridulce sabor a realidad.

Otra vez.

El barco emigra del océano
para condensarse en tierra
y ser un ser serenamente estéril.
Errante travesía que ha de ser
el perfecto reflejo de tantas ausencias
que al recrearse construyen nuestro ánimo.

Otra vez.

No hay mudez que resista
el monótono crepitar de las hogueras
fuegos de noche que no han de ser
sino resonancias marchitas de aquellos embrujos,
vahos perpetuos del que ama ser más Dios
y menos proyecto.

Otra vez, llueven días, semanas, años…
y mis manos siguen deslizándose
entre la nada para ser
esto: ilusiones de noches vagas en calma.