Se intuye una brisa fresca
en un verano plácido,
un verano sin las estridencias del estío,
simplemente,
un verano cálido.

La risa contagiosa de los niños
jugando con el agua silencia
el peso de las horas
en caras entumecidas de olvido.

Y la vida sigue
y Madrid sigue
anhelando rutinas otoñales.

El peso del verano nos encierra
en paredes blancas con ventanas pequeñas y,
tras las cortinas,
una madre otea el horizonte
inventando un futuro sin angustias,
un anciano se acomoda al fresco
y un joven prepara unos exámenes.

Mis cortinas son blancas
y mis sueños pequeños
y tu sonrisa
y mi dios acompañan
mis doloridos pasos.

La ciudad sigue latiendo
y el verano transita calmo.