Se desvaneció el consenso
cuando comprendimos
que las balas
no eran de fogueo.
De nada servían ya
las proclamas
de lo políticamente correcto.
No existían guías espirituales,
no existían modelos de felicidad,
ni cánones de belleza.
Sólo un silbido sutil
que atenazaba los tímpanos,
una parábola precisa,
una consigna de miedo,
un sálvese
aquel que pueda.
El rojo ardiendo en el pecho
de otro desencantado
pinto de negro el misterio
de una vida racional
y sencilla.
No, gritaste,
NO,
las balas no son de fogueo.