Bebí antaño tus azules silenciosos,
fascinada por aquella introspección eterna
que difícilmente comprendía.
Fueron tiempos de embriaguez
donde el simple brillo sonoro de tu sonrisa
reinventaba un mundo impreciso
en el que las expectativas fluían a deshora.
Cuando hoy observo el salitre del alba
y la monotonía de un mar excesivamente gris
me lleva a revivir aquellos años,
la nostalgia pesa aún más que el silencio
y un matiz de tristeza enturbia la bruma matinal.
Sin embargo, vivir aquellas horas fáciles
en las que todo tú parecías perfecto
me permite pensar que en ocasiones
podemos ser más de lo que creemos.
Finalmente también hoy el sol
triunfará en el horizonte, y el día,
aunque juegue a ser cotidiano,
trascenderá más allá del peso de tu ausencia
y marcará otros ritmos, otros sones.
Es evidente que no caben reproches,
jugué con cartas marcadas
y era previsible el final de la partida,
por eso aunque ignores la súplica en mi llamada
recibe con este beso un fragmento de mi vida.