Tanto desear el calor
y ahora me duele
porque bloquea mis pulmones
y sólo cabe esperar el ocio.

Sin embargo,
en instantes como este,
cuando la canícula
impide cualquier movimiento,
me divierto desvaneciéndome
en un universo etéreo
ajeno a los sinsentidos cotidianos.

Los cuarenta grados pesan
pero fatiga más el hastío
del autodestruirse cotidiano,
cuando en cada instante
golpeamos nuestra frente contra el muro
de nuestras propias decepciones

Por eso al fundirme en este no ser
que invade cada recoveco de las calles
me integro mejor conmigo misma,
con mis ausencias y mis pesares,
con mis sueños, mis grandezas
y mis recónditas utopías.

No hay rima para una tarde
como esta de verano
sólo una proyección:
mi inexistente sombra
absorbida por un sol demasiado vertical,
me recuerda que somos esto,
sin ambages,
simplemente un ser
que sufre y crece,
que se desarrolla y se construye
en un segundo
para sucumbir después.
Un todo y una nada que progresa
bajo un sol
que irremediablemente
hoy debe marcar el ritmo de mis horas