La sinestesia me devuelve
rostros azules embrujados por el silente
devenir de los días.
La ciudad amarilla
se condensa bajo el sol de agosto
mientras en el recuerdo
renacen verdes suaves
enmudecidos por el tiempo.
Reboto sobre el sonido
que me estructura
y renazco blanquecina
por el miedo.
La enfermedad tiene esas cosas
y el naranja ácido
revela la ausencia de mi yo
que deambula por marrones otoñales.

El gris es lo único que no acepto.

Mi roja rebeldía
me promete un mañana melódico
y… si fracasa la lucha…
el reto en sí
será el verde primero,
armónico y tranquilo de un ensueño
que me hace revivir, siempre a la espera.